Ir a: Menú principal | Pie | Inicio de la página


Historia

Breve historia

El fondo de la Fundación Palau está constituido por el doble legado de Josep Palau i Fabre. Por un lado, el fondo recopilado por su padre, Josep Palau i Oller, que integra un amplio abanico de pintura catalana de principios del siglo xx. Por otro lado, la aportación del propio Palau i Fabre, quien, en su afán de seguir con la tarea coleccionista de su padre, ha reunido una gran colección de obras de Picasso y también de otros autores contemporáneos, como Perejaume, Barceló y Pepe Yagües.

  1. 1 Obras de Palau i Oller expuestas en la Fundación Palau
  2. 2Pablo Gargallo, Hombre de espaldas, 1902

La pinacoteca que integra esta Fundación se podría casi bautizar con el nombre de “Cien años de coleccionismo”, puesto que comprende las obras reunidas por mi padre desde inicios del siglo xx (algún dibujo de Mompou está fechado en 1906) hasta finales del mismo siglo y los primeros años del siglo XXI.

No acostumbra a suceder que un artista, un pintor, sienta admiración por otros artistas contemporáneos suyos y que lo demuestre adquiriendo sus obras. Este carácter abierto de mi padre, Josep Palau i Oller, lo he respirado desde mi infancia. Desde pequeño, he visto muchas de las piezas que forman el fondo de la colección de pintura catalana de la Fundación en mi casa (la acuarela de Nonell, el dibujo y los grabados de Xavier Nogués) y otras desde mi adolescencia y primera juventud, como el Grausala y el Villà. También se encuentran en la colección, estoy seguro de ello, algunas sorpresas: el Torné Esquius, por ejemplo, o el Ignasi Mallol.

Haber observado pintar a mi padre y a algunos de sus amigos (Mompou, Labarta) así como haber asistido a coloquios y disquisiciones –incluso discusiones– sobre pintura y arte en mi propia casa condicionó mi sensibilidad ya desde pequeño y ha propiciado que colocara el arte por encima de todas las actividades humanas.

A pesar de que mi aportación personal sea la de Picasso, lo que para mí es como decir la de aquel a quien considero el creador más grande de todos los tiempos, quizás yo no habría sido sensible a este pintor de una manera tan inmediata si no me hubiera convertido, sin apenas darme cuenta, en un terreno abonado. El simple hecho de escuchar discutir acerca de Picasso despertó desde temprano mi curiosidad, que pronto se tradujo en una pasión incondicional por su personalidad excepcional y única.

Habría deseado tener de Picasso muchas más cosas de las que, con esfuerzo y sacrificios, he logrado reunir. Pero con Picasso sucede un fenómeno que no es equiparable al de ningún otro artista: y es que nunca se tiene suficiente. Un Picasso despierta las ganas de ver –o de poseer– otro, y este otro más, y este aún otro, sin parar, porque Picasso es nuevo y diferente en cada ocasión. Un Greco, por poner un ejemplo bien alto, nos revela el genio de El Greco; un Picasso, no.

L’arrasadora personalidad de Picasso provocó que, a partir de un determinado momento de mi vida, yo deseara dedicarme únicamente a él y a poseer sus obras, desentendiéndome de cualquier otra personalidad. Debo decir que fue una exposición de Perejaume, en 1980, la que consiguió alterar este propósito inicial que yo mismo consideraba inamovible. Me dije, ante aquella muestra: “Esto va en serio”. Y que todavía tenia la ocasión de adquirir obras de un gran artista desde sus inicios, cosa que hice. Y no me arrepiento.

Quince años más tarde, la personalidad de Pepe Yagües me sedujo de forma similar y tuve tiempo de incorporar alguna de sus producciones.

Pero, en este tipo de aventura, siempre queda algo que no se ha podido realizar y dudo que la satisfacción pueda jamás ser completa.

El conjunto de obras de Picasso que integran la Fundación pertenecen a épocas, estilos y técnicas muy distintos. Lo que quiero decir es que no ha habido ningún criterio restrictivo –más allá del crematístico– en su adquisición, más bien al contrario. Siempre he considerado que la característica primordial de Picasso era la diversidad. Pero entiendo y espero que este conjunto, pese a sus limitaciones, produzca en el espectador o visitante la reacción más importante –y la primera– que puede y debe producir Picasso, que es la de la admiración, mezclada con la sorpresa y la embriaguez. Mirar la producción de Picasso, descubrir su obra, debe generar siempre una euforia benefactora, porque él es, ante todo, vital. Vendrán después, con mayor o menor intensidad dependiendo del espectador, las ganas de conocerlo más, de explicarse los enigmas, de ordenar. Un primer paso para ello es la rotulación al pie de cada obra junto con la ordenación cronológica en el catálogo general de la Fundación. Ojalá que esto consiga inducir al visitante o al amateur a desear saber más y a profundizar sobre Picasso. Pero, en primer término, debe existir esa fascinación y entusiasmo. Sin estos requisitos, es prácticamente imposible adentrarse en los entresijos de su creación desbordante. Hemos pretendido que la sala que reúne las obras de Picasso obedezca a este principio y que produzca esta reacción salutífera. Por ello, no hemos dudado en mezclar épocas, estilos y técnicas ni en intercalar algunas fotografías del artista, puesto que en él el arte y la vida son inseparables.

Tras un peregrinaje de años y años por numerosos lugares de Cataluña, por no decir de prácticamente todos los Países Catalanes, he encontrado al fin, en la Diputación de Barcelona y en Caldes d’Estrac, el recibimiento que, a mi parecer, merecía mi doble colección.

Josep Palau i Fabre


Ir a: Menú principal | Pie | Inicio de la página